miércoles, 9 de diciembre de 2009

AVENTURAS EN LA CHARCA DE LA RANA: LA HISTORIA DE UNA CLASE CON HORMIGAS


A menudo en la escuela los docentes nos encontramos con situaciones adversas a las que dar solución. La tarea que nos ocupa no es nada fácil, tenemos que hacer verdadero encaje de bolillos con un sinnúmero de factores: el alumnado, sus familias, los compañeros, el centro, espacios y recursos, el equipo directivo… Esperar que todo vaya tal y como a nosotros nos gustaría es, prácticamente, una ilusión. Pero que existan obstáculos no debe entenderse como un problema; muy al contrario, es lo que nos permite madurar dentro de nuestra profesión y, con el paso del tiempo, son estos los recuerdos más claros que nos quedan… ¿O acaso no nos acordamos más de los alumnos que nos hicieron rabiar y esforzarnos para que se aplicaran, que los que se limitaban a hacer lo que les pedíamos?
Evidentemente hay obstáculos que no tienen solución, o que no está en nuestras manos resolver. Los tenemos que aceptar y vivir con ello, pero otros pueden jugar a nuestro favor si conseguimos mirarlos desde otro punto de vista, más positivo, o sea, darle la vuelta a la tortilla. Se trata de no entenderlos como problemas, sino comoretos , de no contar sólo con los inconvenientes sino de ver las ventajas, de no quedarnos en lo que nosotros queremos tener , en lugar de ello debemos mirar de frente lo que nos encontramos, tal cual es, y actuar en consecuencia.

Una clase con hormigas

Todos los que enseñamos hemos tenido la experiencia de llegar por primera vez a un centro; conocemos los nervios, las inseguridades, las expectativas… Somos los últimos, los que tienen que darse a conocer, los que deben aprender sobre la marcha y los que se quedan con lo que nadie quiere, para bien o para mal.
A mí me tocó una clase reconstituida de 5 años. Ya tenía experiencia en ese tema así que me lo tomé muy bien, aunque no contaba con la desconfianza e incluso la indignación de un buen grupo de madres y padres que no entendían por qué habían cambiado de aula precisamente a sus hijos. Esto me trajo de cabeza algunas semanas pero me lo tomé con calma: imaginaba cuando los niños (y sus mamás) se adaptaran, se calmarían los ánimos y así ocurrió (la paciencia es una amiga necesaria en nuestra profesión).
Junto con el grupo de alumnos me tocó un aula: la que nadie quería. “Está junto al baño y hay mucho ruido de idas y venidas”, me dijo alguien; “está en la planta baja y cuando salen al patio molesta mucho”, comentó otro; “¡Tiene hasta hormigas! No vea los disgustos que le dieron el año pasado a la maestra” se quejaba una limpiadora. Además mi primera inspección me dejó un poco perpleja: los muebles eran viejos y sobre todo, el corcho de la zona de la asamblea estaba tan gastado que faltaba poco para que se viera el suelo en algunos tramos. Esto último fue lo que más me preocupó. Entre los agujeros y las grietas se mete la suciedad, lo que lo convertía en una fuente de infecciones; además era bastante antiestético y un toque más de decadencia en el ambiente del aula.

Sobre bueyes, charcas y setos


Aquel día me fui un poco desanimada a casa. ¿Cómo iba a organizar mi clase para que fuese un lugar acogedor con aquel panorama? Pero hay una frase que suelo decirme cuando me encuentro con estas cosas: “Con estos bueyes tenemos que arar”; no merece la pena lamentarse, hay que utilizar la energía de forma práctica. Estar cerca del baño era estupendo porque podía contar con agua fácilmente para las actividades de plástica y si estaba en el piso de abajo podría hacer juegos en el patio con mayor facilidad. Los muebles viejos podían adornarse, lo importante es que no estuvieran rotos. Pero ¿Qué hacer con ese corcho viejo?
Al día siguiente me senté delante del susodicho y empecé a pensar: ¿qué puedo hacer para arreglar esto? Debía ser algo rápido y fácil. Debía de tapar los poros y quedar bonito. Y se me ocurrió: “¡Voy a pintarlo!”. Si utilizaba pintura para suelos sin duda quedaría bien y daría un poco de color. Me fui corriendo entusiasmada a pedirle permiso al director. “¡Jefe!” le dije “He pensado que para arreglar el corcho de mi clase puedo pintarlo”, “¿Quedará bien?” me preguntó medio riéndose, “Pues mira, peor desde luego no va a quedar”. Pensó un instante y luego me contestó “¡Vale! Está bien. Ve a la droguería y que te hagan factura a nombre del colegio”.
Estaba decidida a dar un cambio al aula. Como tenía una rana de mascota, podía pintar una charca, y pensando pensando se me ocurrió que, ya puestos, podía pintar también las paredes que circundaban la asamblea con unos setos y árboles, para crear un ambiente relajante que favoreciera diferentes actividades. Volví a pedirle permiso al director y de nuevo me dio luz verde.

Los peques "pintan mucho" en este proyecto.

Así pues en una mañana decoré el rincón mitad a brocha, mitad a rodillo y quedó bastante cuco; cierto es que el olor a pintura duró un par de semanas pero mereció la pena. Pinté el corcho verde y una charca azul rodeada de piedras en el centro y en la pared dos árboles, uno era un pino (o algo parecido), como representante de los árboles de hoja perenne, y otro era de hoja caduca y sólo puse el tronco y las ramas para que nosotros le pusiéramos las hojas según la época del año. Mi idea original era hacer los setos con los niños pero sabía que no iba a contar con apoyos en la clase y tampoco conocía a mis nuevos alumnos por lo que preferí curarme en salud y hacerlo yo. No obstante aproveché uno de los primeros días de clase para que ellos los decoraran con flores hechas con los dedos y pintura Hidralux. Previamente había avisado a las familias para que los trajeran a clase preparados para la ocasión.

La charca en Navidad. Delante está la rana Lola, su principal habitante.

En la práctica el rincón dio muy buen resultado. Era un espacio que invitaba a relajarse y compartir experiencias, además la charca central favorecía muchas actividades, por ejemplo, cuando nos reuníamos allí nadie se sentaba en medio, porque “nos podíamos mojar”; los corros se hacían alrededor con facilidad y también jugábamos a meternos dentro y fuera según diferentes órdenes. Por otra parte allí teníamos el tablón con nuestros carteles de asistencia, el calendario, las poesías y trabalenguas, y la pizarrita; todo lo imprescindible para celebrar las asambleas.

Dramatizamos el cuento de "La ratita presumida!

Pero no iba a conformarme con eso, había muchas más posibilidades para aprovechar el espacio.

Nuestra charca está habitada


La rana Kaede (así la bautizaron los niños, a mi pesar, por votación popular) era la única habitante de la charla y, claro, estaba un poco triste y sola, así se nos ocurrió que debíamos hacer amigos para que jugaran con ella. Hicimos una lista con los animales que vivían en una charca y en el bosque y me hice de una buena colección de ellos gracias a esta herramienta tan estupenda que es Internet. Mi primera idea fue que los decoraran con diferentes técnicas pero eso dificultaría su manipulación y pretendía que pudiesen utilizarse como un recurso más, así que recurrimos al coloreado y luego los plastifiqué. Todos estaban entusiasmados y lo hicieron con mucho mimo para que quedaran bonitos y llenos de colores.
Pusimos velcro en varios lugares de las paredes y en los animales, así podían jugar con ellos cuando quisieran, los cambiaban de lugar y a veces nos servían para hacer juegos de dramatización, trabajar la orientación espacial o inventar historias.
Y la guinda del pastel
Uno de los principales atractivos de crear un ambiente así en la clase es que a los niños se les despierta la imaginación y se meten muy fácilmente en las dramatizaciones. A mis alumnos les encantaban las canciones y los cuentos, pero sobre todo les gustaba representarlos, así que se me ocurrió el último toque para el rincón: un telón, hecho con unas cortinas de baño que se decoraron con estrellas y lunas plateadas y doradas y sustentadas por una cuerda y dos cáncamos. Cuando hacíamos teatros lo corríamos y cuando no, las cortinas se quedaban amarradas en los extremos del rincón.

Teatro de marionetas ¡La charca tiene una agenda cultural muy completa!
Para utilizar los animales de la charca como guiñoles me hice de un puñado de palillos chinos y en su parte cuadrada les puse velcro, así ellos podían pegar allí los animales plastificados y hacer verdaderos teatros. Para que se metieran más en el papel pedimos mamás voluntarias que cosieran un tatrillo de tela y no tardó en apuntarse una.
Finalmente, como colofón, hicimos una pequeña función navideña para las familias, con canciones, poesías y teatro; y cada vez que alguien especial venía a visitarnos, montábamos sobre la marcha algún espectáculo.
Dramatización de "La señora gorda" en un festival musical de nuestra clase.

Con todos estos recursos ni que decir tiene que ese año aprovechamos más que nunca el rincón de la asamblea; más aún, creo que ese año aprendí realmente el sentido y las posibilidades de la asamblea en el aula de Infantil.

Concluyendo.

Lo que empezó siendo un problema se convirtió en lo mejor del año. No siempre se tiene tanta suerte con una iniciativa pero hay que intentarlo para encontrar soluciones. No se trata de tener una gran idea, sino más bien de aprovechar, mejor diría “ exprimir”las posibilidades que nos da cada situación.
Los maestros tenemos que ser optimistas, porque si no creemos en lo que hacemos poco podemos enseñar. Optimistas y realistas. La reflexión positiva, la evaluación continua de nuestro trabajo nos marcan el camino que hará que cada paso tenga algo de nuevo y algo de viejo, a caballo entre lo que nuestros alumnos son y lo que pueden llegar a ser con nuestra ayuda.
Todos, y yo la primera, tenemos mucho que aprender y qué mejor sitio para hacerlo que en nuestra propia aula, con nuestros propios alumnos y alumnas. No somos magos ni tenemos superpoderes: pero pretendemos ser maestros. Por eso es nuestro deber, como profesionales, como compañeros y como tutores, construir escuela, renovarnos y renovarla, a pasitos pequeñitos.
En cuanto a las hormigas de la clase, se integraron sin problemas en la charca, pero no se las vio mucho por allí. En mi opinión, no les gustó la idea de la pintura.




Nota:
Esta experiencia está publicada en un artículo de "El Churricate", una revista de divulgación educativa en la que participo y que os animo a leer y a participar.  


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